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viernes, 11 de noviembre de 2011

Hablar de Sexo con tus Hijos

Cuando uno es padre sabe que tarde o temprano llegara este momento: hablar de sexo con nuestros hijos. Se trata de una tarea complicada cuando no nos hemos planteado la manera apropiada de hacerlo. Se sabe que es un tema que puede incomodar tanto a grandes como a pequeños, y que abordamos siempre desde un punto de vista que ronda en lo personal. Por ello, debemos planificar la estrategia para hablar de sexo con nuestros hijos.

Ante todo, debemos recordar que los tiempos han cambiado. El sexo es una de las herramientas comunicativas y publicitarias más utilizadas en todos los medios de comunicación, y muchas barreras han sido derribadas al respecto. Por lo tanto, debemos tener en cuenta la inocencia de nuestro hijo, pero no debemos subestimar sus conocimientos: se trata de una persona que, aunque tenga corta edad, vive en un mundo bombardeado por contenidos audiovisuales en todo momento, que hacen que el tema este mas presente que antes en la vida cotidiana

Por ello, es muy importante que no faltemos a la verdad. Si queremos preservar la inocencia de nuestro hijo, podemos solicitarle tratar del tema más adelante, pero si él o ella en verdad quiere saber, lo mejor será ser nosotros mismos quienes les comentemos al respecto, para asegurarnos de que nuestro pequeño cuente con información detallada en su medida justa, y verídica ante todo.

Cuando tengamos nuestra conversación sobre sexo es importante hablarles desde el comienzo con naturalidad, tratando de no ponernos nerviosos. Nuestros hijos son muy perceptivos y si notan que nos incomodamos, podemos incomodarlos también a ellos, haciendo que la información no se reciba correctamente o se malinterprete. Por otro lado, jamás debemos mentir ni faltar a la verdad, la medida justa es responder sólo lo que ellos quieren saber, sin brindar información de más.
Se trata de resolver sus dudas, tratando de ser claros y sin evadir el tema ni las respuestas.

El momento para hablarlo sera cuando el niño haga las preguntas. De acuerdo a la edad, sus curiosidades irán variando. Desde el momento en que empiece a conocer su cuerpo y a nombrarlo, seguramente aparecerán las primeras preguntas.
Es importante también llamar las cosas por su nombre, sin utilizar apodos, pero tampoco emplear términos técnicos.

Cuando hablemos de sexo con nuestros hijos debemos procurar contar con apoyo visual. Pueden ser láminas, libros ilustrados, o incluso una hoja de papel y un lápiz. Esto ayudará al pequeño a fijar los conceptos, acompañándolos con nuestra charla. No debemos ser demasiado explícitos al respecto, sino comentarle la mecánica de este delicado tema. Con esto nos referimos a que el niño no necesita saber de apreciaciones o situaciones específicas. En cambio, sí debe conocer sobre las partes corporales que entran en juego, el cómo y el por qué, para estar atento a sus propios cambios corporales cuando llegue el momento.

Debemos explicarle también que se trata de un proceso reproductivo, claro, pero que también es una actividad que se suele realizar por placer, ya que el niño podrá comprender mejor, de este modo, las escenas referidas al sexo que vea en la televisión o en medios diversos.

Si ya son un poco mas grandes, será importante explicarles la relación entre sexo y amor, la responsabilidad que implica el acto y compartir con él nuestros valores y opiniones, no con el sentido de imponer, sino de abrir el debate para armar una discusión fructífera.

Cuando hablemos de sexo con nuestros hijos no debemos perder la calma, y mantener siempre una actitud abierta para dialogar, para que el niño se exprese abiertamente y sienta que esta siendo escuchado y comprendido. Además, sera importante también hacer nosotros algunas preguntas para determinar el nivel de conocimiento de nuestro hijo, lo cual nos dará una pauta también del modo en que debemos encarar la conversación.
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jueves, 27 de octubre de 2011

Hijos Adolescentes

En la actualidad, el proceso de pasar de la niñez a la juventud, es una circunstancia algo incomprensible para los jóvenes y para sus padres. A esta etapa, llamada adolescencia, se le atribuye el periodo de crecimiento acelerado que separa la niñez de la juventud y que, en la mayoría de los casos, se ubica entre los once y los diecisiete años de edad.
La adolescencia es una época en la que los jóvenes pasan de la alegría a la tristeza con gran facilidad. Es el momento de inclinación, tanto por los grupos como por la soledad. Del altruismo y el egoísmo, de la curiosidad y el aburrimiento. De confianza y duda en sí mismos, pero sobre todo, la adolescencia es un periodo de cambios rápidos en los aspectos físicos, sexuales e intelectuales y de cambios ambientales en la naturaleza de las exigencias externas que la sociedad impone a quienes pasan por esta etapa del desarrollo.
Los cambios físicos que se dan en esta fase son, sin duda, diferentes entre las hembras y los varones, pero ambos comienzan a experimentar una gran necesidad de contemplación donde el espejo se convierte en su mejor aliado. Aun cuando por motivos distintos, el adolescente somete su imagen a una atenta y meticulosa observación: Pequeñas manchas, el acné, la llegada de la menstruación, el crecimiento de los senos entre otras, son objeto de preocupación estética de las muchachas, en tanto que los muchachos, están más pendientes del aumento de sus músculos ?signo de fortaleza-, de la aparición del vello facial y del cambio en el tono de voz. A diferencia del niño pequeño, cuyo crecimiento es gradual y ordenado, el adolescente encontrará a corto plazo que se siente como un extraño con su propio cuerpo.
Las alteraciones morfológicas trabajan durante este periodo en la psicología de los adolescentes, quienes sienten un profundo temor a una deformación exagerada de su cuerpo que los haga parecer ridículos o repulsivos ante los demás. Es por ello que revisan constantemente su físico. El proceso de integrar con éxito estos cambios -que para los jóvenes son dramáticos- a la nueva identidad personal, puede ser prolongado y muy difícil. Es aquí donde el papel de los padres es fundamental, pues este problema se hará menos preocupante en la medida en que papá y mamá tengan una idea más clara de la verdadera naturaleza de los cambios físicos que ocurren en esta etapa, para así poderlos explicar a sus hijos.
Los rápidos cambios de los adolescentes durante su desarrollo físico, van acompañados de incrementos igualmente impresionantes ?aunque tal vez menos obvios- de su capacidad mental. El joven promedio de catorce o quince años puede manejar con facilidad y mucha eficiencia tareas o problemas intelectuales que a un niño de nueve o diez años le sería muy difícil dominar.
Aunque los adolescentes no muestran una diferencia sistemática en su inteligencia total, difieren en cierta medida en cuanto a sus capacidades. Desde los once años aproximadamente, las hembras tienden a sobresalir más en las pruebas sobre capacidad verbal. Mientras tanto, los varones destacan más en tareas visuales y de compresión espacial como por ejemplo, visualizar un objeto en el espacio desde ángulos diferentes, ver cómo trabaja un conjunto de engranajes, etc. En algunos casos, los varones alcanzan mayores resultados en asignaturas como matemáticas y las hembras desarrollan una mayor capacidad para las actividades manuales, artísticas e intelectuales.
El joven, a pesar de su personalidad incipiente se coloca como un igual ante sus mayores, pero se siente diferente a éstos, debido a la nueva vida que se agita en él. Es por ello que quiere sobrepasar y sorprender a los adultos, transformando el mundo. He aquí por qué los planes de vida de los adolescentes, por una parte, están llenos de sentimientos generosos, altruistas o místicos y por otra son inquietantes por su megalomanía y su gran egocentrismo.
El adolescente se atribuye con toda modestia, un papel esencial en la salvación del mundo y organiza su plan de vida en función de esta idea.
En lo que al amor se refiere, es cierto que el adolescente lo descubre, pero lo que trata es de proyectar sus ideas en un ser real. Es por eso que las decepciones son tan repentinas como los enamoramientos, pues el adolescente ama, platónica o realmente, como si viviera una novela.
En cuanto a la vida social del adolescente, encontramos que cuando se enfrenta a situaciones sociales, en ocasiones se repliega llegando a parecer poco sociable o desadaptado. Esto no debe ser motivo de preocupación para los padres, pues la sociedad que le interesa es la que quiere transformar y no siente más que desprecio y desinterés por la sociedad real que él condena. Además, la sociabilidad del adolescente se afirma a través de la vida, en la relación con sus iguales. La verdadera adaptación a la sociedad vendrá automáticamente cuando, de reformador, el joven pase a realizador. Entonces no hay por qué inquietarse por las extravagancias y los desequilibrios de los muchachos, a menos que éstos sean permanentes y sostenidos en el tiempo.
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domingo, 23 de octubre de 2011

Padres-Hijos

En la infancia, los padres pueden generar con sus hijos una estrecha relación en la que los pequeños por efecto de la admiración intentan imitarlos de todas las maneras posibles. Pero cuando llegan a la adolescencia, las cosas cambian diametralmente.

Una de las características de esta etapa es la necesidad que experimentan los jóvenes por diferenciarse de su padre y de su madre. Ya no soportan como antes las muestras de afecto y muestran gustos opuestos, tanto en forma de vestir o el modo de comportarse e incluso de hablar.

Es importante que sus padres entiendan que los hijos adolescentes necesitan forjar su propia personalidad, buscar la pertenencia a un grupo de amigos de referencia, con los mismos gustos e intereses, y dejar de ser los pequeños del hogar para emprender el viaje hacía la adultez.

Sin dejar de ponerles límites ni exigirles un respeto necesario, los padres deben evitar ir constantemente al choque con ellos por esta actitud o por sus elecciones. Se los puede acompañar en el proceso adolescente y dejarles en claro que el amor paterno filial estará siempre.
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